7 EL PAIS DE LOS CEDROS

“Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes” Khalil Gibran

“…Toda la travesía el Ari les recitaba pasajes bíblicos de  esas ciudades   fenicias  cuyo castigo era puesto como advertencia  a todas las naciones de lo que nos ocurre cuando nos dejamos guiar por  la ciega ambición  y el egoísmo, cuando  nos preocupamos en obtener riquezas materiales a costa de los demás, nos centramos en el cuerpo y olvidamos que también tenemos un alma…”

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“…Pero  ellos a pesar del terror y respeto que les  infundía esa advertencia se consolaban  pensando que pronto iban a pisar la tierra de  ese  pueblo aventurero que si no hubiese sido por las numerosas menciones de la Biblia, hubiésemos ignorado su existencia, porque  no se preocupó en crear imperios o erigir una nación sino en el comercio.  En realidad nunca existió un país llamado Fenicia, ni siquiera ellos mismos se reconocían por ese nombre que fue dado por los griegos…”

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“…—Mil años antes de Cristo, un pueblo de pastores semitas provenientes de Canáan se estableció cerca del mar y la desembocadura de los ríos —les resumió Omar—. Primero comenzaron con el pillaje pero luego se dieron cuenta que ganaban más con el comercio y se hicieron comerciantes. Al principio  eran intermediarios, luego fueron fabricantes. Hicieron descubrimiento como el vidrio, aprendieron a elaborar joyas, brazaletes, trabajar marfil todo con una gran perfección, y maestría.
—Hicieron numerosos descubrimientos, es verdad, pero si bien fueron  inventores, también grandes imitadores  No tenían ningún reparo en tomar  todo lo que les parecía útil de los demás.  Aunque hay que reconocer que no solo copiaban sino que luego   superaban a sus modelos y  profesores.
–Eso lo hacían todos los pueblos antiguos y lo seguimos haciendo nosotros ahora. Pero como en ese entonces no existían los derechos de autor, no tenían por qué disimularlo. Inclusive sus profesores  no se sentían ofendidos sino halagados.  Pero a ellos  lo que más les interesaba era lo que pudiera serles útil para el comercio.  Es así como fueron los inventores de la primera moneda grabando en un metal  el valor del objeto que representaban.  De ese modo agilizaban las transacciones evitando  el engorro de tener  que llevar el objeto que querían vender…”

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“…Y continúan en animada conversación hasta que sin casi darse cuenta  llegan al puerto de Trípoli, en el Líbano, donde le esperaba una pareja de amigos, Denise y Jalil.  Con ellos iban a iniciar ese apasionante encuentro con la  historia de este pequeño gran país que llegó  a conocerse como “la Suiza de oriente próximo”, cuna de la cultura fenicia, asiria, griega, romana, europea y árabe, con los santuarios fenicios y romanos más antiguos de la humanidad.  Para  cada uno tenía un significado peculiar  pero a ninguno dejaba indiferente y su conocimiento era crucial,  no solo como pasado o  visión de futuro, sino como puesto de observación.  Allí se había abierto la puerta más grande e innovadora a la modernidad, pero su futuro seguía siendo un interrogante abierto  ya que de centro financiero paso a ser uno de los países más endeudados del mundo y más conflictivos e  inestables de la región, triste escenario donde las grandes potencias trasladarían sus viejas rivalidades y en el que se desarrollarían las guerras y conflictos de sus vecinos…”

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“…La paz era increíble, no había colas de turistas. En vez de puestos de suvenir había fortificaciones militares. Los  soldados desplegados por  sus calles parecían formar parte del paisaje. Pero sus amigos les hacen comprender que no son parte del paisaje sino parte del  Ejército libanés que está desplegado de forma permanente para evitar  enfrentamientos
—Estos a veces llegan a ser muy  cruentos. Aquí no se lanzan  piedras sino que usan fusiles, lanzagranadas y granadas de mano.
Y les explica  que bajo esa paz aparente, ese bucólico  pueblo de pescadores bañado por el Mediterráneo  es la  capital del sunismo libanés  que se concentra en dos barrios, uno  habitado por suníes y el otro por alauíes, una escisión del chiismo profesada por el dictador sirio Bashar Assad.
Al ver el rostro de estupor de sus amigos les dice:
—Para que comprendáis nuestra situación ya que aquí pasado y presente se entrecruzan,  vamos a hacer primero un recorrido  por la triada de ciudades fenicias…”

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“…—Lo  que más famosos nos hizo fueron nuestros cedros —confiesa orgulloso Jalil—. Tenemos cedros de más de 1500 años que llamamos “cedros del Señor”. Este árbol de raíces fuertes y profundas, de color levemente rojizo, era muy apreciado por su belleza, resistencia, y esa intensa fragancia que además de deleitar  los sentidos, les protegía del ataque de los insectos.  Pero no solo sirvieron  para hacer los famosos y ligeros barcos fenicios sino  también para satisfacer  fines rituales y religiosos. Los judíos lo utilizaron   para construir el Templo de Salomón y su famosa Arca de la Alianza,  pero también eran importantes para los egipcios ya que  su  madera era imprescindible para sus sarcófagos, su  aceite para la momificación y su  incienso para sus ritos funerarios. Y también los griegos apreciaban su madera.
—A pesar de que no abundan tanto como en tiempos antiguos, y de antiguo pulmón nos estamos convirtiendo en un nuevo desierto, y de que  tampoco son la fuente de nuestra actual riqueza, este árbol majestuoso e indestructible es nuestro símbolo nacional que está tanto en nuestra bandera como en nuestro escudo.
—Es verdad —reconoce Jalil—, nos gusta llamarnos “el país de los cedros”, porque ellos  son  la herencia de nuestros antepasado,  pero  en estos momentos la situación es dramática.  No solo por el cambio climático, o la falta de conciencia de la situación,  sino por la dificultad en la que nos vemos  para  apagar  los incendios. Muchas veces no podemos hacer nada más que mantenernos a distancia y  rezar para que se extingan.  Nos sentimos atados de pies y manos, totalmente impotentes.
Y les explican que esto se debe no solo a  la imposibilidad de adentrarse en esos  bosques inasequibles con los vehículos sino también al hecho de que  están  llenos de  minas que agravan más las consecuencias del incendio.
—Gracias a Dios —dice Denise—, los cedros están protegidos por ley en reservas naturales por asociaciones locales que realizan un trabajo admirable. Y están haciendo  auténticas campañas para mentalizar a la gente que su cuidado nos pertenece a todos, o si no lo vamos a tener que quitar de nuestra bandera…  Pero lo que realmente salva nuestro cedro autóctono es “su altivez”,  ya que  crece por encima de los mil quinientos metros de altura, y esta peculiaridad lo preserva de   los incendios.
Y siguen reflexionando sobre ese árbol que la  Biblia distingue entre todos los demás. Símbolo  de todo lo malo y de todo  lo bueno… Puede simbolizar tanto la realeza,  majestuosidad, dignidad, belleza y nobleza, de los reyes, o  la firmeza y o fortaleza de los justos como el peor de los males: la soberbia y la altivez. En ellos Dios manifestará toda  Su gloria y poder, y encumbrará su Nombre quebrándolos y haciéndolos brincar por las montañas como becerros o haciéndoles  crecer por zonas desérticas…”

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“…El primero es la ciudad de  Baalbek, ubicada  en un hermoso  valle  rodeado  de dos ríos, entre dos cadenas montañosas  cruce de rutas comerciales muy importantes que se hizo famoso luego de la incursión de Alejandro Magno que la jerarquizó al nivel de Heliópolis, la Ciudad del Sol.
—Su nombre significa “ciudad de Baal”,  aunque nunca se encontraran los restos que lo  justificasen.
Pero a Gabriel le daba lo mismo que se demostrase o no, para él se había convertido en la ciudad de ese dios tan denostado en la Biblia, y se pone a describirle el culto al dios cananeo más importante, Baal, padre de todos los dioses, el dios supremo, dios de la fecundidad. El dios del trueno y la tempestad, los fenómenos más temidos por los pueblos antiguos.  Se le representaba con cabeza de toro…”

“…—Excavando hemos encontrado  una plataforma en las que aterrizaban   las naves espaciales
Todos se quedaron de una pieza.  Al darse cuenta de la sorpresa, les  muestran una piedra labrada, la mayor piedra del mundo de más de  1000 toneladas. ¡A su lado, las de Keops de 2 toneladas y media  eran como insignificantes pedruscos o simples cantos rodados!
—A esta piedra algunos la denominaron “La mujer preñada”.

“…Y a decir  verdad, ninguno veía nada de extraño ni le disgustaba la idea de que la tierra hubiese sido visitada desde tiempos remotos  por inteligencias venidas de alguna otra galaxia.  Pero de todos modos esos astronautas poco dejaron de sus equipos de láser, o de fusión atómica  o motores de plasma; y mucho menos dejaron modos de pensamiento  superiores ya que la humanidad siguió y se sigue matando sin aprender nada…”

“…—Nuestro pueblo es como los fenicios.  Amante de la paz. Preferimos  negociar antes que resolver el conflicto por las armas.  Y cuando no hay manera de negociar, nos vamos a otro sitio más acogedor. Tenemos raíces pero también tenemos pies, porque no somos árboles. Y eso hemos seguido haciendo durante siglos…cuando no nos gustan las cosas,  nos marchamos.  Hay libaneses hasta en la luna… Y esta constante emigración constituyó tal  sangría  que preocupó hasta a la autoridades otomanas…”

“…—Hasta que los europeos no ocuparon la costa de África, ninguno nos habíamos planteado nuestra identidad.    Nosotros pertenecimos a todos los imperios, pero siempre nos sentimos diferentes. Y en verdad nuestra  región es muy peculiar,  es la  única  en medio del desierto con  fuentes de agua y montes llenos de árboles. Tenemos el monte más alto de oriente medio.   Y paisajes lunares. Nuestras cordilleras no solo dieron madera, también  sirvieron de refugio a todos los perseguidos por motivos religiosos.  Y entre estos, dos comunidades iban a sobresalir y hacerse con el control de esta región: los maronitas, que eran cristianos perseguidos de los otros cristianos orientales, y los drusos, que era una rama chiita que huyó de las persecuciones de Egipto en el siglo XI y con el tiempo fue creando una religión propia.
Y todos se acordaron la historia del califa loco que desapareció misteriosamente  un día que salió a dar un paseo en burro, y solo apareció el animal ensangrentado y vagando desconcertado.
—Y como ven, muy mal nos adaptábamos a un gobierno otomano de un islam sunita.   Así que la Sublime Puerta no se complicó con nosotros y nos dejó a nuestro aire que nos administráramos a nosotros mismos en esta inhóspita región.  Lo único que nos pidieron era reconocimiento del sultán y lógicamente el pago de un tributo anual…  Y la verdad que pocos quebraderos de cabeza les dimos. Éramos un pueblo especial ya que el Mediterráneo  nos daba una dimensión universal.  Y como nuestros antepasados, preferíamos el comercio a la guerra.
Y el resto de la historia para ellos era bien simple e inevitable. No era  otra que la eterna historia de Abel y Caín, de Rómulo y Remo, de José y sus hermanos…”

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“…—Tenemos  mucha tendencia a la amnesia.   Hay infinidad de libros, estudios  y documentos pero nadie los lee. Prefieren echar tierra al asunto en vez de reflexionar  sobre las responsabilidades compartidas y hacer una especie de  mea culpa  colectivo e individual
—Haría  falta un Yom Kipur —sugiere comprensivo  Gabriel.
—Sí, pero no solo colectivo como pueblo, sino también individual. Mientras no nos sintamos responsables de lo que ocurrió no podremos enterrar el pasado.
—Bueno, para eso estamos nosotros… Para eso nos unimos y formamos grupos. Para impedir que se olvide…
—Sí, no quiero desanimarte ni desanimarme, pero aquí es más complejo porque es necesario que el trabajo sobre la memoria sea acompañando de una labor política: hace falta que los actuales líderes del Líbano, que son los mismos que condujeron la guerra, admitan públicamente los errores cometidos y estudien cómo repararlos entre todos. Pero estoy de acuerdo contigo que no podemos dejar que los políticos juzguen nuestra memoria. Es el pueblo también quien debe hacerlo.
Y se quedan reflexionado sobre el desafío tan grande que se les presenta,  admirando el  Domo Center o “El Huevo”, uno de los edificios más singulares del mundo… Si fue posible este logro arquitectónico todo era posible…”

(Fragmentos del Libro “La Quintaesencia de la Vida”)

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