6 LA ISLA DEL COBRE

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“…Una tenue brisa les acompañaba en la travesía. Tras un breve viaje sobre las aguas que pasaban del azul profundo a un intenso turquesa,  atracan en la famosa Kitim de las escrituras, valorada por su cobre de la que deriva su nombre, y  su excelente madera, en especial el ciprés, del que tomó su nombre la isla y  que se exportaba a Tiro para construir los barcos. En el muelle estaba esperándoles   Leónidas,  un amigo de Nanak  que iba a ser su guía.  Luego de la alegría del encuentro comienzan el recorrido por la geografía y la historia.  Las palabras de Leónidas les sumergía en lo profundo de los siglos guiándoles   paso a paso a través de la historia de todos esos pueblos que la habitaron,  los hititas, fenicios, asirios, babilonios, egipcios, griegos, persas, venecianos, genoveses hasta acabar siendo un mandato inglés… todos los imperios que la poseyeron y se la disputaron, cada uno fue dejando su impronta, había vestigios y ruinas de cada uno y  templos de casi todas  las religiones, nestorianos, ortodoxos, hospitalarios, templarios, armenios,  carmelita,  maronitas, así como de  los mercaderes franceses y  por doquier brotaban entre sus ruinas vestigios de las más diversas culturas.
Les parecía oír a Pablo predicando el cristianismo…”

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“…Recorren los dos puertos, el nuevo y el viejo, con su olor típico de pescado y el canto estridente de las  gaviotas. Leónidas, entusiasmado, les cuenta:
—Este puerto no   será tan  antiguo como otros, pero no es menos famoso ya que  aquí desembarcó en su viaje a Tierra Santa Ricardo Corazón de León.
Y como todos comenzaron a hacer preguntas,  sin hacerse rogar  comenzó a narrar.
—Cuenta la leyenda que  la  hermana del rey y su prometida  viajaban en otro barco, pero debido a una fuerte  tempestad tienen que atracar en el puerto. El gobernador, que era una persona cruel y  no albergaba ningunas buenas intenciones, tenía planeado secuestrarlas cuando bajasen.  Ellas, como intuyendo algo, cuando les invita a desembarcar, rechazan la propuesta,  de modo que al ver frustrados sus perversos planes les niega hasta un vaso de agua fresca, obligándolas a salir al mar otra vez. Más tarde Ricardo se vengaría conquistando la ciudad y  coronándose Rey de Chipre.
—Bueno —reflexionó  Gabriel—, no hacía falta inventar una justificación poética para justificar la usurpación de un  trono que no le pertenecía, pero  que les venía como perla ya que era un excelente  enclave estratégico no solo para el comercio sino también para aprovisionar las cruzadas y…
—¿Y hasta cuándo fue Rey de Chipre? —le preguntan intentando desviar  las observaciones de Gabriel.
—Muy poco tiempo, porque como las cruzadas eran muy costosas, para pagar ese  enorme esfuerzo la isla fue vendida,   primero a los caballeros del Temple, que grabaron a los lugareños con impuestos demasiado elevados,  y  luego a Guido  de Lusignan.
Leónidas les cuenta que  Guido cayó prisionero en manos del gran  Saladino.   Este  último no solo  le  había dado de beber de un cáliz de agua fresca, como símbolo de hospitalidad, sino que también   le perdonó la vida a cambio de la promesa de no volver  a empuñar las armas contra él.
—Promesa que por  supuesto no cumplió nunca —interrumpió Omar—, ni aun cuando los descendientes de los primeros cruzados estaban deseosos de hacer la paz con Saladino, en ese entonces  Sultán de Egipto y de Siria, pero las constantes provocaciones de Guido hicieron imposible llegar a ningún acuerdo.
—Es cierto —reconoce  Leónidas—, era de  este modo como mantenían su palabra y demostraban su  agradecimiento los caballeros cristianos.  Esta conducta poco noble la justificaban diciendo  que como habían hecho el juramento a un infiel, este no tenía ningún valor y era absurdo  mantenerlo. Pero su dinastía en Chipre duró casi trecientos años. Y lógicamente nuestra iglesia ortodoxa  perdió mucho poder ante la romana.  Los católicos romanos controlaban casi toda la isla…”

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“…Y van subiendo hacia su capital Nicosia.  La única capital  dividida en la  Europa moderna. Allí les esperaban otros miembros del grupo.
Les hacen grandes recomendaciones de prudencia.  Sobre todo de no sacar fotos.  Y todos miran a Jadiya,  la fotógrafa del grupo.
La frontera parecía un palco de feria en medio de una calle abandonada.   Pero soldados con rostros graves  junto a  cascos de la ONU, les hacen  sentir que eso era todo menos una  fiesta.  Lo que más le sorprende es como en unos escasos 5 metros todo cambia.  En los  carteles de precios se disparan los ceros. ¡Los miles de antes  son ahora millones!  Ya habían abandonado la zona euro.  Ahora entraban, como les habían dicho, en una zona no reconocida así que mejor ser prudentes porque aquí ya no les amparaba ningún  derecho internacional.
Tras los trámites burocráticos sin nada especial que señalar cruzan la frontera,  y del otro lado les estaban  esperando  Ibrahim y Serdar.
Recorren callejuelas medio destartaladas con casas que se venían abajo. Las banderas ondeando orgullosas definían bien las zonas, una la zona turca, con la bandera de Turquía y de la República turco chipriota, república que solo reconocían  Turquía y algunos países árabes. Y por otro lado la bandera griega y la chipriota…”

 

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“…Casi todos espiaban  curiosos  por todos lados como buscando algo. Ibrahim, que les observaba entretenido, finalmente  les dice:
—Sé que estáis buscando plantas, una malla verde llena de flores, como todos…  Pero esta línea no es una línea vegetal sino una zona desmilitarizada que separa a las dos comunidades por alambrados de púas, que aquí se convirtieron en un  muro de barricadas, de murallas de sacos de arena o hechas con bidones.   Y en otras zonas es solo una línea verde que recorre 180 kilómetros.
Todos se quedan sorprendidos porque era como si les hubiesen leído  los pensamientos. Ibrahim continúa saboreando el impacto causado por  sus palabras.
—Verde fue simplemente el color del rotulador del oficial ingles que la trazó sobre un mapa…”

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“…Y por último van a Varosha, o Maras para los turcos, la famosa ciudad fantasma como la apodó un periodista, aunque para ser más precisos no era ninguna  ciudad sino un barrio lujoso de Famagusta.
Serdar  le pone al tanto de ese capítulo  de la historia, aun sin cerrar.
—Antes las dos comunidades, turcos-chipriotas y greco-chipriotas, vivíamos en paz, hasta que  llegaron los británicos con sus ideas “civilizadoras” y nos unieron bajo la bandera de su imperio.  Ellos comenzaron a sembrar cizaña entre nosotros plantando la semilla de la discordia. Para ellos nosotros no éramos más que una pieza de intercambio en la Gran Guerra, y enclave  estratégico, puente entre los tres continentes Asia, Europa y África. Y como nuestros lazos de convivencia eran tan frágiles, no fue muy difícil dividirnos alentando la ambición de cada uno..”

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“…—Este alambrado de púas es  nuestro muro de los lamentos.  Aquí dejamos nuestros anhelos, nuestros sueños, nuestras esperanzas escritas en papel.  Algunos ponen fotos y flores.
Y detrás de la alambrada adivinan unas playas paradisíacas de una suave arena blanca de piedra caliza frente a un mar azul turquesa.  Las sombrillas aún abiertas protegiendo en vez de a bañistas a tortugas marinas que anidaron a su sombra…”

(Fragmentos del Libro “La Quintaesencia de la Vida”)

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